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Estoy terminando el libro de Nassim Taleb "Antifragil" y me he encontrado con un capítulo genial llamado "El tiempo y la fragilidad". Es el tercer libro que me leo de Taleb y así es este escritor. Llevas decenas de páginas leyendo rápido porque no encuentras nada interesante pero de repente  te regala alguna reflexión genial. El capítulo trata de nuestra nula capacidad de predecir cambios tecnológicos. Solo podemos predecir aspectos de la especie humana que llevan décadas o siglos repitiéndose. Por lo menos tendremos muchas más posibilidades de acertar. Buenos sin más os dejó con las reflexiones de este gran pensador.

Si algo sobrevive es porque debe valer para cumplir alguna finalidad (casi siempre oculta) que el tiempo es capaz de ver, pero que nuestros ojos y nuestras facultades lógicas no logran captar.
Con toda seguridad, las tecnologías que ahora mismo tenemos en la cabeza no son las que se impondrán en el futuro, por mucho que valoremos la aptitud y la aplicabilidad de estas en el momento presente.
 En el restaurante, utilizaré cubertería de plata, una tecnología mesopotámica. Beberé vino, un líquido que llevamos al menos seis milenios consumiendo.
Cuando nos piden que nos imaginemos el futuro, tendemos a tomar el presente como referencia para, a continuación, especular sobre un destino al que añadimos toda una serie de tecnologías y productos nuevos, y de cosas que más o menos tienen sentido a partir de cierta interpolación de la evolución pasada de los acontecimientos. 
Representamos esa sociedad futura con arreglo a nuestra utopía del momento, dejándonos guiar principalmente por nuestros deseos, que son los habitantes mayoritarios de ese futuro imaginado
 Tendemos a “tecnologizar” en exceso y a infravalor el poderoso valor de elementos como las susodichas ruedecitas de las maletas que nos acompañarán durante los próximos milenios.
Si queremos entender el futuro, estamos obligados a dar una mayor ponderación a aquello que existe desde hace tiempo; aquellas cosas que han sobrevivido.
 La gran utilidad de las tabletas informáticas es que nos permiten regresar a las raíces babilónicas y fenicias, las de la escritura y la anotación en tablillas (que es de donde salió la idea)
Los jóvenes quienes proponen ideas que son frágiles, no por su juventud, sino porque la fragilidad es lo que caracteriza a la mayoría de ideas no experimentadas. Y, desde luego, a nadie que se dedique a vender ideas “futuristas” le va a salir rentable promocionar el valor del pasado. Siempre le será más fácil exagerar las virtudes de las nuevas tecnologías.
La información tiene una desagradable propiedad: oculta los fracasos. Muchas personas se han sentido hacia los mercados financieros, por ejemplo, tras escuchar historias sobre el éxito de individuos que se hicieron ricos con la bolsa y pudieron construirse así una gran mansión al otro lado de la calle.
El problema es que los fracasos se entierran sin que oigamos hablar de ellos y los inversores son inducidos así a sobreestimar sus probabilidades de éxito.
Dependemos más del agua que de los teléfonos móviles, pero como el agua no cambia y los móviles sí, somos proclives a pensar que estos últimos desempeñan una función más relevante  de la que realmente realizan. 
La mayoría de innovaciones son fracasos, igual que la mayoría de libros son fiascos de ventas, aunque esto no debería disuadir a nadie a probar suerte. 
 Muchos de estos artículos impulsados por la tecnología (Ordenadores, programas informáticos…), notamos las diferencias entre versiones, pero no los elementos comunes a unas y otras. Incluso nos cansamos rápidamente de lo que tenemos y andamos continuamente en busca de versiones 2.0 y otras iteraciones similares. 
 No parace que caigamos en la misma tecnoinsatisfacción con el arte clásico, ni con los muebles de anticuario, ni con nada de lo que no incluimos en la categoría de lo tecnológico.
 Lo artesanal está imbuido del amor de quien lo hace y tiende a dejarnos satisfechos ( no nos produce esa persistente sensación de cosa incompleta que nos inspira la electrónica)

El tiempo y la fragilidad


Estoy terminando el libro de Nassim Taleb "Antifragil" y me he encontrado con un capítulo genial llamado "El tiempo y la fragilidad". Es el tercer libro que me leo de Taleb y así es este escritor. Llevas decenas de páginas leyendo rápido porque no encuentras nada interesante pero de repente  te regala alguna reflexión genial. El capítulo trata de nuestra nula capacidad de predecir cambios tecnológicos. Solo podemos predecir aspectos de la especie humana que llevan décadas o siglos repitiéndose. Por lo menos tendremos muchas más posibilidades de acertar. Buenos sin más os dejó con las reflexiones de este gran pensador.

Si algo sobrevive es porque debe valer para cumplir alguna finalidad (casi siempre oculta) que el tiempo es capaz de ver, pero que nuestros ojos y nuestras facultades lógicas no logran captar.
Con toda seguridad, las tecnologías que ahora mismo tenemos en la cabeza no son las que se impondrán en el futuro, por mucho que valoremos la aptitud y la aplicabilidad de estas en el momento presente.
 En el restaurante, utilizaré cubertería de plata, una tecnología mesopotámica. Beberé vino, un líquido que llevamos al menos seis milenios consumiendo.
Cuando nos piden que nos imaginemos el futuro, tendemos a tomar el presente como referencia para, a continuación, especular sobre un destino al que añadimos toda una serie de tecnologías y productos nuevos, y de cosas que más o menos tienen sentido a partir de cierta interpolación de la evolución pasada de los acontecimientos. 
Representamos esa sociedad futura con arreglo a nuestra utopía del momento, dejándonos guiar principalmente por nuestros deseos, que son los habitantes mayoritarios de ese futuro imaginado
 Tendemos a “tecnologizar” en exceso y a infravalor el poderoso valor de elementos como las susodichas ruedecitas de las maletas que nos acompañarán durante los próximos milenios.
Si queremos entender el futuro, estamos obligados a dar una mayor ponderación a aquello que existe desde hace tiempo; aquellas cosas que han sobrevivido.
 La gran utilidad de las tabletas informáticas es que nos permiten regresar a las raíces babilónicas y fenicias, las de la escritura y la anotación en tablillas (que es de donde salió la idea)
Los jóvenes quienes proponen ideas que son frágiles, no por su juventud, sino porque la fragilidad es lo que caracteriza a la mayoría de ideas no experimentadas. Y, desde luego, a nadie que se dedique a vender ideas “futuristas” le va a salir rentable promocionar el valor del pasado. Siempre le será más fácil exagerar las virtudes de las nuevas tecnologías.
La información tiene una desagradable propiedad: oculta los fracasos. Muchas personas se han sentido hacia los mercados financieros, por ejemplo, tras escuchar historias sobre el éxito de individuos que se hicieron ricos con la bolsa y pudieron construirse así una gran mansión al otro lado de la calle.
El problema es que los fracasos se entierran sin que oigamos hablar de ellos y los inversores son inducidos así a sobreestimar sus probabilidades de éxito.
Dependemos más del agua que de los teléfonos móviles, pero como el agua no cambia y los móviles sí, somos proclives a pensar que estos últimos desempeñan una función más relevante  de la que realmente realizan. 
La mayoría de innovaciones son fracasos, igual que la mayoría de libros son fiascos de ventas, aunque esto no debería disuadir a nadie a probar suerte. 
 Muchos de estos artículos impulsados por la tecnología (Ordenadores, programas informáticos…), notamos las diferencias entre versiones, pero no los elementos comunes a unas y otras. Incluso nos cansamos rápidamente de lo que tenemos y andamos continuamente en busca de versiones 2.0 y otras iteraciones similares. 
 No parace que caigamos en la misma tecnoinsatisfacción con el arte clásico, ni con los muebles de anticuario, ni con nada de lo que no incluimos en la categoría de lo tecnológico.
 Lo artesanal está imbuido del amor de quien lo hace y tiende a dejarnos satisfechos ( no nos produce esa persistente sensación de cosa incompleta que nos inspira la electrónica)